La fábrica, ese dañino ecosistema.

La fábrica quizás sea el peor de los ecosistemas a los que un ser humano deba enfrentarse, seguramente el peor de los elegidos mas o menos voluntariamente. Hablamos de un ecosistema en el que no hemos elegido habitar pero al que terminamos por acudir en busca de un dinero a cambio de nuestra salud, nuestro tiempo, y lógicamente nuestra fuerza de trabajo.

Un lugar hostil.

La fábrica y toda la fauna fabril que lo rodea es en su gran mayoría absolutamente dañina. Lo es el lugar físico al que acudimos a ganarnos el jornal, y lo es también la gente que habita en el y en su inmensa mayoría se encuentra contaminado por sus valores y su radioactividad en forma de embrutecimiento y pensamientos simples y banales.

En lo físico es un espacio con una iluminación perpetua, donde una vez se entra es imposible saber si es de día o de noche. Donde el mundo exterior queda de lado, y lo único importante es el paso del tiempo. Donde el ruido es ensordecedor, las maquinas unas depredadoras de salud física y mental, y los ritmos de trabajo un macabro calculo en busca del mayor beneficio para el jefe. Un ecosistema dañino a mas no poder, donde en un ejercicio de masoquismo mas o menos consentido nos infligimos dolor en busca de un dinero que la mayoría de las veces cambia de mano sin haber podido disfrutar de el.

Pero el lugar no solo es la fábrica, lo es también las gentes que habitan en el. Podemos hablar de los jefes de producción, de los jefes de grupo, de los encargados,… De todo esa escala de categorías ideadas para matarnos por escalar en una pirámide sin ser conscientes de que los peldaños mas altos son absolutamente inaccesibles. De ahí nace la frustración, y el lógico y sano desapego por el devenir de la fábrica y sus jefes. También la camaradería entre quienes se sienten iguales al reconocer la trampa del empresario y pretenden pasar el tiempo de la mejor forma posible.

La sirena.

Todo termina hasta el día siguiente con el ruido de una sirena que nos concede un mínimo de libertad para ir a descansar, comer y consumir. Nos entrega a un ecosistema social también digno de estudio, también macabro y lleno de trampas en busca de una felicidad irreal e irrealizable.

Tiempo en principio para disfrutar, pero que con el paso de los años se convierte en tiempo de descanso ante la última paliza en forma de jornada de 8 horas. De quejas y embrutecimientos en el entorno familiar, de drogas y alcohol en busca de evasión de lo sufrido y lo que queda por sufrir.

El fin.

El ecosistema fabril, la fábrica lo contamina todo. El trabajo asalariado inunda nuestra vida de valores y costumbres dañidas, desde la productividad al entorno hostil. De la sensación de inutilidad al embrutecimiento y perdidas físicas.

Y mientras tanto la paradoja continua. Todos sabemos lo que arriba he escrito pero seguimos acudiendo a nuestros curros pidiendo mas madera, ahogados por pagos y trampas en forma de letras de prestamos y vacaciones idílicas.

Mi consejo es acudir el menor tiempo posible, ser fuertes mentalmente y no dejarse arrastrar por el entorno. Quizás el que parece estar loco en una fábrica sea el único cuerdo.

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